Muchas compañías, independientemente de su tamaño o sector, siguen siendo incapaces de promover una cultura empresarial que promueva la creatividad de sus empleados. En primer lugar, como vimos en el post anterior, porque la creatividad sigue siendo, para muchos, algo rodeado de misterio, inexplicable y esotérico. Cualquier ejecutivo con dos dedos de frente desearía que sus trabajadores desarrollaran productos y servicios que fueran la envidia del sector, altamente creativos e innovadores – revolucionarios, en resumidas cuentas. De la misma manera que cualquier empresa desearía ser el Apple de su sector: la compañía que marcase la tendencia a seguir, la que fascinara a sus clientes y tuviera a inversores, prensa y expertos comiendo de la palma de la mano, la que encontrara una y otra vez nuevos océanos azules en los que naufragar mientras el resto, siempre a rebufo, se pelean por un ínfimo hueco en un charco cada vez más estancando, sucio y vacío. Pero lo que parece que no llegan a entender muchos es que para marcar el camino hace falta, entre otras cosas, una gran porción de creatividad.
Sin embargo, parece que la creatividad se ha empeñado en convertirse en la piedra en la que tropieza, una y otra vez, el management. Se trata, simplemente, de una de sus cuentas pendientes. Pero, ¿por qué? Quizás lo entiendan mejor con un simple ejemplo: imagínense a Newton, Picasso, Einstein, Edison y Mozart trabajando en una empresa como otra cualquiera. Es más, traten de imaginárselos trabajando en sus oficinas. Visualicen a estos cinco genios entrando a las 8:15 de la mañana, fichando en la puerta de la compañía para la que ustedes trabajan, y con un jefe que les está esperando para echarles una bronca monumental por llegar un cuarto de hora tarde. Imagínense a esos cinco genios obedeciendo órdenes de un superior que les dijera en qué, cuándo, cómo y con quién trabajar. Resulta absurdo, ¿verdad? ¿Se puede alguien imaginar a Einstein sumergido en la burocracia empresarial, rellenando formularios, haciendo informes que nadie leerá y rellenando soporíferas tablas en Excel para mostrarle a su jefe los avances en sus teorías, esperando a que éste le dé luz verde para continuar investigando? Rotundamente, NO.
Estoy seguro de que a casi nadie le costaría imaginarse a alguno de estos genios sumergidos totalmente en su trabajo a la luz de una vela en una pequeña y oscura buhardilla, taller o sótano. “Pero, ¿trabajando en mi oficina? ¡Imposible!” – dirán. Resulta divertido, pero no lo es, ya que, si nos cuesta imaginarnos a mentes privilegiadas – genios, inventores, grandes artistas o pensadores del pasado – trabajando de manera creativa en nuestra oficina, cómo vamos entonces a pensar que nosotros – ¡oh, pobres mortales! – seremos capaces de ello? Lo cual nos lleva a la siguiente afirmación: el talento requiere de un entorno apropiado. De poco sirve tener a Einstein trabajando en nuestra empresa si no puede desplegar todo su talento. Incluso él pasaría desapercibido.
El management actual no difiere mucho del original, aquél que nació a finales del siglo XIX y principios del siglo XX de la mano de Frederick Taylor, Henry Ford, etc. Es un invento del hombre, no más, y como tal, no es infalible. Taylor se dedicó, cronómetro en mano, a estudiar la ineficiencia de los empleados de la fábrica de aceros en la que trabajaba, apuntando en su inseparable libreta el tiempo que se perdía en cada paso del proceso (es lo que se conoce como Scientific Management o Taylorismo). Esas son las raíces del management: ser eficientes, optimizar, controlar… esas eran también las herramientas idóneas en aquel entonces, ya que lo que pedía el mercado era sacar provecho de las economías de escala, aprovechando las grandes cantidades y homogeneidad que se requerían. Y en ese panorama no había demasiado hueco libre para la creatividad. Pero el mercado ha cambiado, nos movemos en un mundo diametralmente opuesto – ha comenzado una nueva era: ¿Se imaginan a un fabricante de coches como Audi o Mercedes sacando un único modelo al mercado, con las mismas prestaciones, del mismo color y sin extras? De esta manera vendió millones de coches Henry Ford. Y para hacerlo de la forma más eficiente posible, se basó en los estudios de Taylor. Pero ese modelo empresarial no casa con la individualidad – por nombrar solo un factor – que exige el consumidor actual. Hoy la creatividad es, más que nunca, un factor fundamental para poder sobresalir dentro de la maraña de competidores y tener, al menos, alguna posibilidad de éxito.
Sin embargo, ahí sigue la creatividad, infravalorada, ignorada e incluso repudiada por quienes defienden a capa y espada los valores pragmáticos y tradicionales del Taylorismo. Y no son pocos los ejecutivos fieles a esta doctrina: al fin y al cabo, las grandes escuelas de negocio americanas – de cuyas aguas beben el resto – fueron fundadas por industriales que emplearon con éxito los métodos de Taylor y cia. Al peso de esos valores se le une el de sus propias carreras, así pues: riesgos, los mínimos. El miedo a cometer errores es demasiado grande, por lo que mejor apostar por aquello que parece seguro – aunque no sea precísamente brillante – antes de jugársela persiguiendo la nueva revolución del mercado. Pero como muy bien dijo Peter Drucker – al que, irónicamente, muchos ejecutivos de la vieja guardia también admiran – “los managers tienden a creer que cualquier cosa que ha perdurado durante una cantidad considerable de tiempo tiene que ser lo normal y continuará siéndolo. Todo aquello que contradice lo que han venido a considerar como una ley natural es rechazado y desoído.” Pese a la advertencia de uno de los gurús del management, la gran mayoría de ejecutivos sigue ignorando el potencial de muchas ideas que llaman a la puerta de sus despachos. Pero es que aquello que desafía el status quo no suele ser de su agrado, sobre todo si las cosas andan más o menos bien. Como una vez me dijo el director general de una empresa informática al hablarme de una conocida marca de coches alemana con la que trabaja habitualmente: “allí la gente sobrevive a base de hacerse invisible y no hacer nada. Al fin y al cabo, si no haces nada, tampoco puedes hacer nada mal.” Pero eso no es culpa de la gente que trabaja en ese tipo de empresas. La culpa es de sus dirigentes, que promueven un tipo de cultura en la que los errores se pagan demasiado caros: normalmente, con la cabeza del revolucionario rodando por el pasillo. Pero todo esto tiene un orígen…
Si uno se lee los anuncios de la sección de empleo del periódico, lo primero que le llama a uno la atención es la manera en la que el 99% de las empresas se vende: somos líderes en – rellene el hueco usted mismo- , apostamos por la innovación, nuestros empleados son nuestro capital más preciado, bla bla bla. La cosa va a peor cuando uno ve lo que ofrecen: un entorno en el que desplegar su talento, enormes posibilidades de promoción, autonomía, responsabilidad, una cultura empresarial abierta y un gran equipo, bla bla bla. Palabras vacías y empaquetadas. Cualquiera sabe que la inmensa mayoría miente, pero la ilusión sigue presente: el nuevo candidato entrará en una empresa donde cree que podrá, al fin, desplegar todo su potencial. Y al final ocurre lo de (casi) siempre: horas y más horas, presión y más presión, prisas y más prisas, burocracia y más burocracia, todos contra todos, seguir órdenes y no rechistar, frases del tipo “eso no vá a funcionar”, “eso ya lo probamos y no sirvió”, o “¡usted limítese a hacer su trabajo, Fernández!” ¿Autonomía? En tu casa. ¿Creatividad? No, gracias. Nos dejamos seducir para luego ser vilmente engañados. ¿A alguien le sorprende todavía que quienes trabajan en un entorno similar renuncien a dar lo mejor de sí mismos?
Pero el sistema no solo nos engaña, sino que nos obliga a engañar: las empresas piden en esos anuncios que uno sea una especie de superman que posea una serie de cualidades infinitas, aunque éstas lleguen incluso a ser contradictorias. Así,por ejemplo, nos pueden pedir que sepamos trabajar bien equipo pero también de manera independiente, que seamos creativos pero metódicos – ¿en qué quedamos? Y así, desde el primer instante, candidato y empresa se conocen en una velada prefabricada llena de mentiras y medias verdades con el fin de engatusar al otro. Un juego de seducción que, antes o después, convierte a ambos en víctimas.
Y de poco importa que haya estudios científicos que demuestren que una empresa aumenta su potencial creativo mediante la diversidad – procedencia, capas sociales, nacionalidades, sexo, edad, etc. Al final seguirán empecinadas, erre que erre, en contratar el mismo tipo de perfil. Hasta que llega el día en que el modelo de negocio empieza a flaquear y se preguntan por qué no han conseguido dar con nuevas soluciones. Aquí una pequeña ayuda, por si les interesa: porque cada nuevo empleado – o clon – que se pasea por sus grises pasillos termina siendo engullido por la masa plana, uniforme y descolorida de quienes ya los habitan. ¿Consejos para remediarlo? Permanezcan en sintonía… la semana que viene, más.
Yeray García Suárez
Foto: F.Tronchin





